lunes, 3 de abril de 2023

¿Se puede vivir autosostenible?

Copiado de : Este inglés ha creado un Edén autosuficiente en mitad de Cáceres: "Vivo sin deudas ni facturas"

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Paul Richardson tiene una vida paralela como periodista en la que escribe para el Financial Times o The Guardian, pero en la vida de la que debe ocuparse en estos momentos, este inglés está apoyado en un muro del chiquero, mirando a la cochina desperezarse bajo la encina y rumiando que hace dos o tres días que tendría que haber llamado al muchacho del pueblo que les ayuda con la matanza. "Con los años hemos desarrollado un sistema: le disparamos en la cabeza para que no sufra, luego le atravesamos la yugular y a partir de ahí lo hacemos todo como siempre", explica en un inglés salpimentado con localismos cacereños y jerga agroganadera. "Debe tener un efecto en la carne, porque de esta forma no está bombeando adrenalina ni sufriendo".

Richardson llegó hace más de diez años a estas tierras con su pareja, Nacho, desde Ibiza. Habían comprado una parcela de casi cinco hectáreas que apenas era un claro lleno de zarzas en mitad de un valle a las afueras de Hoyos, un pueblecito de 800 habitantes en la Sierra de Gata, cerca de Las Hurdes. En las páginas de Hidden Valley: finding freedom in Spain's deep country, libro recientemente publicado en inglés (Abacus Books) donde cuenta su trayecto vital hasta crear un sistema que les ha permitido ser auto-suficientes tanto en comida como en agua, electricidad o calefacción, este periodista cuenta cómo su obsesión por la libertad —en el sentido de no tener que depender nunca de nada o nadie para satisfacer sus necesidades más básicas— comenzó a alumbrarse en su infancia. En Inglaterra, la crisis del petróleo de 1974 y un programa de televisión llamado The Good Life, donde el matrimonio protagonista se lanzaba a cultivar su propio huerto en el jardín o meter en el patio gallinas u ovejas, animó a su familia y otras de la época a hacer lo mismo.

placeholder Panorámica de El Chabolino. (A.V)
Panorámica de El Chabolino. (A.V)

La Finca El Chabolino estaba muy lejos de ser el lugar idílico en que Richardson vive hoy. Esta tierra llevaba más de una generación sin ser arada, las zarzas lo invadían todo y el agua brotaba de la sierra granítica, aquí y allá, ahogando cualquier proyecto. Tuvieron que reconducir el problema creando un sistema de drenaje y aprovechando las antiguas albercas excavadas en la piedra. Tras limpiar toda la maleza, apreciaron cómo en la vaguada de la finca corría un arroyuelo. A ambos lados plantaron las hortalizas, que el británico va señalando mientras caminamos por la linde: "Ahí patatas; eso es ajo", apunta, "eso son espárragos, los acabo de plantar; eso son zanahorias y eso, rábanos".

El filósofo estadounidense Henry David Thoreau, uno de los padres del trascendentalismo y célebre autor de Walden y Desobediencia civil, es una enorme influencia para Richardson. Vivir desconectado es para él un acto de creatividad y de subversión. El agua que beben sale directamente de la tierra, su electricidad procede de las placas solares y baterías que tienen instaladas y la calefacción de una especie de estufa —de diseño antiguo, pero factura contemporánea— que les sirve tanto para calentar los radiadores como para cocinar, y funciona con los restos de madera que obtienen de la finca.

"Haciendo cosas tú mismo estás esquivando un sistema —El Sistema— que depende de que otros hagan cosas y te las vendan", escribe en el libro.

Aquí no se separa la basura orgánica de los envases, sino que acaba alimentando a alguno de los animales

Todo en El Chabolino es absolutamente circular, pero de una forma tradicional, sin postureos ni objetivos 2030. Aquí no se separa la basura orgánica de los envases, sino que acaba alimentando a alguno de los cuatro perros, dos cerdos, nueve ovejas, diez gallinas o una quincena de conejos. Si no le sirve a ninguno, se composta y acaba volviendo a su origen. Otra de las claves es la austeridad, en el sentido de plantar o criar solo lo que se necesita para garantizar la circularidad del proyecto. En su segundo año aislado en su cabaña junto al lago Walden, Thoreau acabó plantando menos judías que el primero. Del mismo modo, Richardson ha ido ajustando el trabajo y la producción en su arcadia autosostenible. "Aprendes sobre tus necesidades y sobre tus gustos; estuve años cultivando nabos hasta que un día pensé 'pero si no me gustan, sólo uso uno o dos de vez en cuando, para el cocido' y dejé de hacerlo".
Rebeliones en la granja

También tuvieron una vaca, hasta que se dieron cuenta de que iba en contra de todo a lo que aspiraban. No puedes tener, en un entorno compartimentado por razones agronómicas en hortalizas, legumbres, arroz y cebada o árboles frutales, un animal que necesita una vasta extensión donde ir pastando todo lo que pilla. "Fue un desastre", dice Richardson. "Además, daba más leche de la que jamás podríamos usar, si yo apenas le pongo un chorrito al café".

Su pareja, Nacho Trives, es un ingeniero agrónomo especializado en genética de semillas que trabaja para Cruz Roja, por lo que pasa largas temporadas en países como Afganistán o Costa de Marfil liderando proyectos para plantar cultivos en campos de refugiados. Richardson, además de los libros, sigue viajando y escribiendo para la prensa británica. Sus trabajos les permiten alternar la vida en El Chabolino con otra más urbana o internacional, pero cuando vuelven a la finca, el tiempo se les vuelve a escapar solo tratando de mantener girando los engranajes de este sueño de autosuficiencia.

Para ello, además de hacerse agricultores y ganaderos a pequeña escala, resulta imprescindible dominar el arte de la preservación. Los congeladores ayudan, pero no basta. La despensa está llena de botes de cristal donde las frutas y verduras del verano se han transformado en conservas, mermeladas o chutney. También emplean ritos de conservación más antiguos: por ejemplo, unas aceitunas negras que guardan en un enorme tarro con aceite. Fueron deshidratadas usando sal y luego secadas al sol, tienen el aspecto de una pasa y el dulzor de un tomate seco.

placeholder A la izquierda, Richardson sostiene un boniato gigante; a la derecha, la despensa. (A.V)
A la izquierda, Richardson sostiene un boniato gigante; a la derecha, la despensa. (A.V)

Pero todo esto es secundario. La dieta aquí básicamente consiste en comer lo que hay disponible en cada momento. "Como mucha verdura, carne un par de veces por semana, un montón de fruta", enumera Richardson. A veces la vida le sorprende con algo como un palomo, cuya carne le entusiasma. "Es muy magra".

Volviendo al cerdo. "Hacemos nuestro propio chorizo, salchichón o patatera", embutido típico de Cáceres, empoderado por el pimentón que se cultiva en los alrededores de la región. "El jamón no podemos curarlo aquí porque no hace el frío suficiente, así que los mandamos a Salamanca". Los cerdos que tienen son una mezcla de ibérico y Duroc, "más idóneos para tenerlos aquí, los que son solo ibéricos están pensados para la montanera", dice Richardson, es decir, para pastar bellotas a su aire por la dehesa. Ellos necesitan tener las cosas mucho más controladas; el viejo corral rehabilitado proporciona sitio de sobra a su pequeña piara. Con las gallinas hicieron lo mismo, han introducido en sus corrales una variedad autóctona, la azul extremeña, que está en peligro de extinción precisamente por falta de criadores, como consecuencia de que incluso en los pueblos pequeños la gente está dejando de criar para comprar el pollo y los huevos en el supermercado más cercano.

Contra ese tsunami imparable luchan Richardson y Trives con su bucólico ejemplo. No se han subido a una moda ni han inventado nada nuevo, sino que han recuperado algo viejo. Es posible vivir desconectado sin que ello suponga convertirse en menonitas. "La clave para mí es vivir sin deudas, siempre he estado obsesionado con no deber nada a nadie, de lo contrario es muy difícil lograrlo: aquí no tenemos facturas ni de agua, ni de electricidad, ni de calefacción", dice el inglés. La otra es aprender y mezclarse con el conocimiento antiguo sobre la tierra que les rodea. Hicieron muy buenas migas, por ejemplo, con Baudilio y Guadalupe, que viven en la finca de al lado y les enseñan cómo hacer queso con la leche de las cabras o en qué momento hay que plantar un cultivo o mejor esperar.

"No quiero ser uno de esos expatriados ingleses que van por ahí hablando de España"

Hace unos años se hizo popular un libro llamado Entre limones donde Chris Stewart, el batería de Genesis antes de Phil Collins, narraba sus simpáticas peripecias como británico en un cortijo de las Alpujarras. Richardson adquiere un tono sombrío al mencionarlo porque teme que alguien pueda trazar algún tipo de semejanza entre aquel caso y el suyo. "No quiero ser uno de esos expatriados ingleses que van por ahí hablando de España, quiero pertenecer de verdad al sitio donde estoy viviendo", sentencia. Para una pareja gay, pasar de vivir en Ibiza a hacerlo en Hoyos no fue fácil. Sin embargo, pronto los vecinos demostraron ser mucho más tolerantes y hospitalarios que lo que esperaban. Solo había que atravesar el umbral de extrañeza.

Hablando de limones, Richardson se ha convertido también en un dealer para una variedad llamada limones luneros, que ha logrado exportar a su país natal. Para los vecinos de Hoyos no son nada del otro mundo, limones de toda la vida, pero "en Londres se llegan a pagar hasta cinco libras" por un kilo de moonshine lemons, explica.
Almuerzo con El Confidencial

Después del paseo por El Chabolino, nos disponemos a almorzar. La casa donde viven, elegantemente reformada, era un establo derelicto cuando llegaron. La estancia principal, a tres alturas, alberga la cocina, el salón y el despacho donde Richardson escribe con vistas a la sierra. Aún se aprecia que la cubierta arbórea no está recuperada del escalofriante incendio que afectó a la zona en el verano de 2015, con más de 8.200 hectáreas calcinadas. Ellos ya vivían aquí. En el salón hay un póster con estética de los años 50 que dice: El Trabajo Dignifica al Labrador y es una Alabanza a Dios.

Para nuestro almuerzo de hoy, Richardson ha preparado una entomatá —una especie de pisto, típico de la zona, con tomates, pimientos, ajos o cebollas— donde ha escalfado cuatro huevos recién cogidos. Además, ha preparado un hummus de habas con limón y el prestigioso aceite de oliva de la zona, elaborado con manzanilla cacereña. De postre, un queso fresco de cabra que la vecina Guadalupe hizo hace dos días y unas lascas de carne de membrillo con nueces de El Chabolino. Todo ello, regado con un vino blanco, también hecho por ellos, con las uvas que brotan en las centenarias cepas de la finca. "Nadie sabe qué uva es", dice el escritor, "yo sospecho que es palomino o Pedro Ximénez, porque la gente de aquí iba hace muchos años a trabajar a Jerez y probablemente trajeron algunos esquejes". De repente, se queda pensando en que ya no sabe cómo se dice "esqueje" en su lengua materna.

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Foto: A. V.

Antes de sentarnos, Richardson hace una fugaz escapada a 2023. Recibe una llamada al móvil de un mensajero que le lleva un paquete. Llegar hasta la finca no es nada sencillo, requiere salir del pueblo, desviarse por un camino que primero está asfaltado, luego es un sendero de tierra y luego caracolea cuesta abajo hasta acabar hecho terrones. Son varios kilómetros marchando a 15 por hora hacia el interior del bosque. Pide al mensajero que le deje el envío en El Redoble, uno de los bares del pueblo. Se puede vivir sin buzón, sin telefonillo y sin timbre, pero con Amazon.

Cuelga el teléfono y desaparece un segundo tras la puerta. Vuelve con un manojo de perejil fresco, que corta y espolvorea sobre el guiso. Brindamos por el encuentro.

PREGUNTA. La España rural está llena de sitios donde, potencialmente, se podría haber creado algo así, ¿por qué escogió este lugar?

RESPUESTA. Nacho y yo habíamos empezado con esta idea de la autosuficiencia en Ibiza. Nos marchamos de allí en 1999 o 2000, ya se estaba volviendo un lugar muy difícil para vivir. Incluso entonces, comprar alguna propiedad ya era una locura de caro, la economía se había vuelto enormemente turística, lo cual no nos interesaba tampoco. En resumen, buscábamos algo que no fuera turístico y tuviera mucha agua. A partir de ahí, hubo una serie de coincidencias.

En aquellos años, tuve la oportunidad de entrevistar a Maria João Pires, una pianista portuguesa que vive a una hora de aquí, en Castelo Branco. Así fue como me presenté en esta parte increíble de la península Ibérica. Tratando de descubrir más sobre sus orígenes nos acabamos perdiendo, cruzamos la frontera y acabamos conociendo todo esto una noche de invierno muy lluviosa. Y eso fue todo. Más tarde acabamos comprando esta tierra y nos mudamos al pueblo sin conocer a nadie. Para ser una pareja gay fue una movida bastante grande.

P. Bueno, finalmente las cosas han salido bien, ¿no?

R. Sí, fuimos la primera pareja homosexual en casarse en el ayuntamiento del pueblo, vino todo el mundo a la plaza a tirar arroz y fue muy emocionante. Pero no fue sencillo: tienes que trabajar duro, ser respetuoso y, hasta cierto punto, discreto. Por otro lado, tienes todo el derecho del mundo a existir y amar a quien quieras. Pero sí, ha acabado funcionando bien.

Foto: A. V.

P. ¿Ha tenido la oportunidad de ver una película llamada As Bestas, le recordó a algo?

R. Sí, sí. Me recordó a algo. Pero esa es precisamente la forma en que no hay que hacer las cosas, especialmente el hombre, muy intolerante e insensible. Creo que de todas formas Galicia es un entorno mucho más difícil donde llegar y hacer tu vida, o eso me parece. Aquí, sin embargo, bueno, no es una zona rica, es bastante pobre, con gran parte de la población viviendo del PER o algún otro tipo de subsidio. Sin embargo, al mismo tiempo es una sociedad muy coherente.

P. Llevan ya 23 años aquí, ¿cómo era la finca al principio?

R. Al principio era una especie de claro en una enorme jungla de zarzas. Entonces, lo primero que se hizo fue despejar el terreno y también hacer drenajes, porque había tanta agua que estaba inundando el terreno. Como aprendí, tener demasiada agua es casi tan malo como no tener suficiente. Nos alquilamos una casa enorme en el pueblo, por la que pagábamos como 300 euros, y veníamos todos los días a trabajar aquí. Ha sido un proceso lento durante años para llegar hasta este punto.

Con el incendio de 2015, por ejemplo. Pensé que nunca me sucedería algo así, que eso era algo que le pasaba a otra gente. El fuego destruyó mucho y causó mucho daño, la sierra sigue sin recuperarse y creo que nunca volverá a ser lo mismo, ahora todo está más despejado. Es algo acumulativo, das dos pasos adelante y uno atrás. Es una de las cosas que pienso continuamente, en el momento trabajas sin tener muy claro a dónde te lleva, sin una idea clara de por qué lo haces, pero un día miras atrás y ves todo lo que has conseguido. De repente sabes que eso es lo que siempre quisiste, ese sentimiento se hizo especialmente claro durante la pandemia.

P. ¿Ahí fue cuando todo le encajó?

R. De repente todo encajaba, sí. Todo el mundo estaba buscando cosas y tú no necesitabas nada fuera de lo que ya tenías. Y te sientes bien haciendo tus propias cosas, no lo estábamos haciendo por una moda sino que es algo que hacemos desde hace años.

P. Por edad y por su background, ustedes podrían haber aterrizado aquí de otra forma, queriendo implantar nuevas técnicas agronómicas o cultivar otras cosas. Sin embargo optaron por estudiar bien qué se hacía aquí y cómo.

R. Las influencias vienen de varios lugares, pero por supuesto, el más importante es la sociedad en la que vives, la comunidad con la que vives. He sido muy afortunado en el sentido de que este es un lugar donde todavía persisten ciertos aspectos de la vida rural española, incluso ahora. Hace 20 años, aún más. Recuerdo haber visto gente cargando la ropa limpia sobre sus cabezas, en el año 2.000, y carros tirados por burros pasando por la plaza, ese tipo de cosas. Eso no existe ahora, pero la gente todavía hace la matanza, por ejemplo.

Y nosotros ahora la hacemos, todos los años, y aprendimos todo eso de ellos. Sabemos que todas estas costumbres rurales son muy complejas, y sería mucho más difícil replicarlas si no tuviéramos a alguien aquí que lo haya estado haciendo toda su vida. Ese es el sentido en el que creo que he tenido mucha suerte. Tenemos algunos vecinos que son personas extraordinarias. Uno de ellos suele pasar por aquí más tarde con sus cabras, si lo escuchara vería que es un genio. Simplemente no hay otra palabra para ello. Siempre ha reciclado sin usar esa palabra, hace sus propias herramientas y repara incluso su propios zapatos. Es una persona tan moderna. Él nunca tira nada y su mujer hace el queso de cabra que probará más tarde. Juntos me han enseñado mucho, me han enseñado a cultivar hortalizas con todas las técnicas que ella aprendió de su padre.

P. Ellos deben sentirse también satisfechos de que alguien herede y transmita esa cultura, aunque sea un periodista inglés, ¿no?

R. Sí, eso creo. Siempre debe haber un equilibrio entre lo que das y lo que recibes. Ellos me enseñan lo que saben y nosotros les damos ideas, nuevas semillas para nuevas cosechas, ese tipo de cosas.

placeholder El Chabolino está lleno de manantiales de los que brota naturalmente el agua. (A.V)
El Chabolino está lleno de manantiales de los que brota naturalmente el agua. (A.V)

P. Cuando los gobiernos proponen medidas para repoblar la España vacía, estas siempre tratan de querer replicar la vida en la ciudad. Es como "puedes vivir en un pueblo y tener internet de alta velocidad, montar tu empresa tecnológica, trabajar a distancia..." Pero me da la impresión de que, a menos que uno abrace un poco el tipo de vida que se lleva en un sitio así, es difícil lograr una implantación duradera.

R. Estoy de acuerdo, aunque el concepto no sea realmente relevante en este caso, todo esto de los nómadas digitales se me antoja muy superficial. ¿Te estás mudando a un sitio porque su estilo de vida te resulta atractivo o solo porque el coste de la vida es menor, sin que tengas realmente una relación con la sociedad que tienes alrededor?

P. Para alguien advenedizo al mundo rural y que ahora domina las artes de la agricultura y la ganadería a pequeña escala, ¿qué cosas son más grafiticantes y cuáles más puñeteras?

R. Es muy difícil responder a eso. Quiero decir, los animales son complicados en general. Ahora mismo mis ovejas se están comiendo los olivos y no tengo ni idea de cómo solucionarlo ni conozco a nadie que lo sepa. Los cerdos son fáciles y divertidos, además de vitales para este tipo de economía donde nada se desperdicia. La cosecha de la uva es fantástica, por ejemplo. Hacer vino bien es muy difícil, es una tarea absorbente y a veces frustrante, pero cuando te sale bien es una sensación maravillosa. También me encantan los vegetales, especialmente los veraniegos, con esa abundancia de tomates, berenjenas... de todo en realidad. Y esas mañanas de verano en las que sales al huerto y aún hace fresco... es algo muy especial.

P. Una idea que sobrevuela el libro es que para ser realmente autosuficiente hay que reducir los deseos y necesidades. ¿Cómo se lucha contra eso? Porque imagino que habrá momentos de flaqueza en los que apetezca estar en una ciudad y directamente pedir comida coreana a domicilio.

R. Es una lucha y un desafío constante. Pero es uno de mis temas recurrentes. No se trata de privarse de cosas. Quiero decir, ahora estaba leyendo sobre una figura de la moda que ahora solo compra ropa de segunda mano. Quiero decir, ahora es una moda, la gente simplemente se está acostumbrando a la idea de que no puedes seguir comprando cosas nuevas todo el rato. Pero creo que es algo aún más profundo que eso, tiene que ver con las necesidades constantes que crea la vida moderna. La gente necesita estar constantemente entretenida, constantemente distraída, constantemente estimulada. Y creo que también tiene que ver con la ambición: la necesidad de ser más importante para ganar más, para ascender en la empresa y con ese dinero seguir siguiendo las modas, constantemente comprando cosas nuevas, otra casa.

Quiero decir, no soy inmune a eso. Pero tengo que luchar contra eso. El otro día estaba pensando, quiero cambiar la casa, ya sabe, poner algo nuevo, cambiar el salón. Y entonces me pregunto '¿por qué? ¿por qué realmente necesito hacer esto?' Y creo que esa es una pregunta que todos deberíamos hacernos más a menudo. Pero es. Definitivamente es difícil, y la rutina de vivir en el campo es simplemente implacable. Año tras año tienes que hacer lo mismo. El aburrimiento es algo que tienes que superar. No va a ser diferente. No va a ser muy diferente. No vas a tener una especie de gran novedad en tu vida.

P. Pero aquí siempre hay alguna tarea por hacer.

R. Sí, desde luego, y soy afortunado también de tener esa doble vida como periodista. Necesito ese estímulo social y cultural, a veces vamos a Madrid, pasamos el fin de semana, absorbo todo lo que puedo, luego vuelvo a casa y veo Netflix como todo el mundo.
 

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